Nadie recuerda el momento exacto en que comienza el derrumbe. A veces se confunde con un temblor leve. Con una grieta minúscula en la pared. Con una palabra que no debió ser dicha. Pero siempre está ahí, antes del colapso, antes de la caída: el instante en que lo sabías. Lo sabías, aunque no hiciste nada.
El Frontman -ese nombre que devoró su piel y su historia- nunca pensó que el fin vendría de alguien como él. No de un enemigo. No de un traidor. De un hombre que amó demasiado. Que resistió demasiado. Que no supo rendirse ni siquiera cuando todo estaba perdido. De Gi-hun. Ese nombre que ya no puede pronunciar sin que la garganta se le llene de sangre.
Porque no fue una muerte lo que lo rompió. Fue una elección. La última. La más humana. La más inútil. Y, sin embargo, la única que aún arde.
Él construyó reglas. Castillos de control. Estrategias. Supo jugar con la miseria como quien afina un violín. Hizo de la desesperación un espectáculo rentable. Creyó conocer todos los finales posibles. Pero no ese. No el final donde alguien lo miraba y decía: no quiero ganar.
¿Qué se hace cuando has perdido contra lo único que no puedes destruir?
No hay respuestas. Solo imágenes. Fragmentos. El humo entre los pasillos. Las cámaras sin señal. El sonido de una voz que ya no existe.
Y él. Solo.
Con el vacío de un imperio sin razón. Con la herida de una culpa que ya no duele, porque se ha vuelto carne. Con el recuerdo de un hombre al que no supo salvar.
Esta no es la historia de un héroe. Tampoco la de un villano.
Es la historia de quien lo tuvo todo. Y al final, lo perdió.
Por codicia.
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