A veces me preguntan si alguna vez he amado de verdad.
No lo sé. Tal vez sí. Tal vez no.
La mayoría de las veces, la gente ama con el corazón.
Yo, si alguna vez lo hice, fue con el silencio.
Siempre he sido bueno en eso... callar.
No porque no tenga cosas que decir, sino porque no confío en lo que puedan hacer con lo que diga.
Hay algo que la gente no entiende: cuando guardas lo suficiente para ti, aprendes a no necesitar a nadie.
Antes de que ella apareciera, mi vida tenía un orden que pocos soportarían.
Me gustaban las fiestas, sí, pero más me gustaba desaparecer después.
Me reía con mis amigos, pero no dejaba que ninguno cruzara la línea de mi mundo interno.
Tuve un par de relaciones, si es que pueden llamarse así, pero nunca duraban. Y la verdad... tampoco me importaba.
Nunca fui bueno en fingir que me dolía algo que ni siquiera entendía del todo.
Siempre me enfoqué en mí.
En lo que quería.
En lo que me proponía.
Estudiaba, salía, tomaba fotografías como si el lente pudiera capturar las cosas que ni yo sabía cómo decir.
Lo que sentía, lo que pensaba, lo que escondía.
Mi familia siempre pensó que yo era el hijo equilibrado.
El que tenía claro lo que quería.
Y en parte, tenían razón.
Pero también había una parte de mí que ni ellos conocían.
Una parte que ni yo mismo comprendía del todo.
Una parte que, si salía a la luz, podía destruir todo lo que había construido.
Yo no era malo.
Tampoco bueno.
Solo... era.
Y eso bastaba.
Hasta que dejó de ser suficiente.
Ella llegó en el momento menos esperado.
Y sin saberlo, comenzó a joderlo todo.
Pero esta no es la historia de cómo la conocí.
Es la historia de quién era yo antes de perder el control.
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