Hay mujeres que uno ama desde el silencio. Desde la nostalgia. Desde la lejanía.
Y Alejandro Vargas lo sabía bien. Sabía lo que era cargar con la imagen de alguien que no te necesita, pero que igual se mete en tu pecho como si tuviera las llaves. Y Catherine Díaz -Dr. Díaz, para todos los demás- era exactamente eso: una presencia que lo acompañaba como su propia sombra.
No eran pareja. Ni amigos cercanos. Ni nada que pudiera escribirse en una hoja de antecedentes. Solo compartían un escuadrón, un pasado de sangre, guerra y silencios incómodos. Y aún así, cuando uno de sus vaqueros cayó herido, la única persona en la que Alejandro pensó fue en ella.
Porque cuando la sangre brota y las posibilidades se cierran, uno no corre hacia quien le agrada. Corre hacia quien se siente como un lugar a salvo.
Y ella es lo más cercano a un hogar de lo que él ha podido estar.
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