
Alana Klein no busca redención. No busca justicia. Lo que quiere no se puede nombrar sin que algo se quiebre. Fue criada entre desprecio, silencio y abandono. No por error, sino por diseño. Su padre la entregó a una Organización sin rostro, sin nombre, sin límites. No para salvarla. Para borrarla. Para convertirla en algo útil. Algo que no sintiera. Algo que obedeciera. Y lo hicieron. Durante años, la moldearon como un arma. Precisa. Fría. Letal. Pero no vacía. Ahora ha salido. No como víctima. No como sobreviviente. Como ejecutora. Su objetivo es claro: desmantelar a su padre desde adentro. Quitarle todo. No solo el poder, sino la estructura que lo sostiene. Romperlo hasta que no quede nada que pueda levantarse. Pero el camino no es limpio. No es recto. A medida que avanza, los obstáculos no solo la frenan. La desvían. La contaminan. La obligan a mirar hacia dentro, donde los recuerdos no están muertos... solo enterrados. Y empiezan a salir. Fragmentos. Voces. Imágenes que no encajan. Sensaciones que no deberían estar ahí. Lo que parecía una misión se convierte en un laberinto. Lo que era odio se mezcla con algo más. Algo que no reconoce. Algo que no quiere reconocer. Alana no sabe si está cumpliendo su propósito o si está siendo arrastrada por él. No sabe si lo que siente es real o si es parte del daño. Pero sigue. Porque detenerse no es una opción. Porque si se detiene, todo lo que ha construido se desmorona. Y ella con ello. Esta no es una historia de redención. No es una historia de justicia. Es una historia de descomposición. De estrategia. De perversión emocional. Donde el dolor no se supera. Se usa. Y donde la protagonista no está segura de si quiere destruir a su padre... o convertirse en él. Bienvenidos a este mundo confuso.All Rights Reserved