Los milagros no ganan carreras; el talento, por otro lado sí. Y aun así, desde que lo vi, ha habido algo que no sé explicar y en la cual no cabe en ninguna telemetría.
Kimi no sonríe para las cámaras, ni para los periodistas, mucho menos para mí.
No es necesario hacerlo.
Basta con que se mueva, con que ajuste su mono o uno de sus guantes, e inclusive el que mire de reojo para que todo a mi alrededor se calle.
Y no es por su carisma, ni por el misterio que lo rodeaba; más bien es como si cada gesto suyo ya hubiera sido escrito desde mucho antes.
Hace mucho tiempo que no me confieso o de haber rezado, no creo. Pero si llegara el momento en el que tuviera que arrodillarme nuevamente frente a algo, sin dudarlo sería frente a él.
Jamas lo diré en voz alta, ni mucho menos lo volvería a pensar, porque no hay pecado más estúpido que el entrar lo que uno siente a alguien que nunca lo ha pedido.
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