Mis manos temblaban. No sabía si era por el aire gélido que cortaba como cuchillas, o por el miedo que me oprimía el pecho.
Frente a mí, el paisaje se extendía como un sueño a punto de desvanecerse. El cielo, teñido de un gris profundo, abrazaba las montañas en la distancia. Había algo hermoso y trágico en aquella escena. Al menos -pensé- sería algo bello lo último que vería.
O al menos... eso creí.
El mundo se desdibujó. Todo se volvió negro. No recuerdo caer. No recuerdo gritar. Solo el silencio.
Cuando volví a abrir los ojos, una luz blanca y tenue me envolvía. Figuras vestidas de blanco se movían a mi alrededor, sus rostros borrosos, casi irreales, como si estuvieran hechos de niebla. Susurros lejanos, ininteligibles, como voces de otro mundo, flotaban en el aire.
Intenté hablar, pero mi voz no existía. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía.
Entonces lo vi. Un espejo. O algo parecido a uno. Me acerqué, guiado por una fuerza que no comprendía. Y allí, en el reflejo, no vi mi rostro.
Vi a alguien más.
Un extraño... con mis ojos.
¿Dónde estaba?
¿Quién era yo ahora?
¿Había muerto?
¿O acaso... había renacido en otro lugar, en otra forma?
Nada era seguro.
Nada, excepto una cosa: ya no pertenecía al mundo que conocía.
Todos los derechos reservados