En un edificio de Palermo, dos ventanas se enfrentan cada noche.
En una estás vos: reservada, irónica, con más cicatrices que ganas de jugar.
En la otra, él: Guido Sardelli. Músico, mujeriego, seguro de sí mismo... hasta que te ve.
Desde que te mudaste, él no puede dejar de mirarte.
Pero vos no sos como las demás. No le das bola. No caés.
Y cuanto más lo ignorás, más se obsesiona.
Te empieza a escribir. Frases breves. Crudas. Hermosas.
Te deja notas bajo la puerta. Te compone una canción.
No te invita a su mundo: te lo lanza de frente.
Vos lo leés. Lo escuchás. Pero no te dejás llevar.
Al menos, no todavía.
Porque una historia como esta no arranca con besos.
Arranca con humo de cigarrillo, miradas entre edificios
y un juego peligroso entre el deseo y el orgullo.
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