Apenas recordaba cómo había llegado hasta aquel claro: los vestigios del duelo contra Voldemort, la explosión de magia contenida en un solo grito, y luego... el vacío. Cuando volvió en sí, ya no había sangre ni cuerpos tendidos; sólo el rumor de la Nada.
-Bienvenido, Harry James Potter -susurró una voz clara, ajena al dolor-. Has pagado tu precio; ahora te ofrezco una segunda oportunidad.
Ante él apareció una figura etérea, recubierta de niebla plateada: la Muerte, con ojos tan infinitos como el universo. Sin varita, sin cicatrices, Harry sintió un alivio tan extraño como efímero. Antes de caer nuevamente en la penumbra, la Muerte le dio un suave empujón: un trazo de luz cósmica que lo arrastró a través de un túnel de estrellas.
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