Suna Rintarou tiene los ojos medio cerrados, las manos en los bolsillos y una paciencia que se agota en milésimas de segundo. No le interesa la gente. No le interesan las citas. No le interesa nada que no sea la red, el parquet y el eco de sus propias pisadas en el gimnasio vacío. Pero entonces aparece Hinata Shouyou. Y todo se va al carajo. Hinata es un error de cálculo. Un destello naranja que se mueve demasiado rápido, que salta demasiado alto, que sonríe como si el mundo no le debiera nada. Tiene rizos que se esponjan con la humedad, ojos color miel que brillan cuando mienten, y una forma de usar ropa ancha que a Suna le parece personalmente ofensiva -porque debajo de esa sudadera enorme hay una cintura diminuta, caderas redondas y una espalda que Suna aprendió a reconocer a ciegas, con los dedos, con la boca, con los dientes. No es una historia tierna. Es obsesión disfrazada de miradas perezosas. Es posesión envuelta en comentarios secos. Es Suna pegando un cartel de «NO MOLESTAR» en la puerta del gimnasio y después, horas más tarde, susurrando contra el cuello de Hinata: «Vos no entrás en esa regla». Esta es la historia de dos chicos que se encontraron por casualidad y decidieron, sin decirlo en voz alta, que no iban a soltarse nunca. Él es la luz de mi vida, piensa Suna mientras Hinata duerme en su hombro, con los rizos desparramados sobre la almohada y el aroma a menta inundando la habitación. Y si alguien más se acerca, le rompo la cara.
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