En el encantador pueblo de Andong, donde las casas hanok se alzaban como guardianas del tiempo, la cultura tradicional latía en las venas de sus habitantes. Era un lugar donde cada piedra contaba una historia y cada esquina reverberaba con la sabiduría de los ancestros. Jimin y Jungkook encontraron su destino sellado por el conservadurismo.
Jimin siempre había sido un omega misterioso, difícil de comprender. A veces se sentía triste, vacío, sin siquiera saber por qué. Lo tenía todo: una familia económicamente próspera y con prestigio. Estaba a punto de casarse con un alfa renombrado, pero aun así no conseguía entender aquel sentimiento arrollador que lo consumía por dentro.
Jungkook, por otro lado, era un joven devoto, considerado casi un santo. Evitaba el pecado y huía de todo lo que pudiera manchar la reputación de la Iglesia. Pero fue justamente así como comenzó la persecución contra Jimin, señalado como un demonio por la sociedad. Sin embargo, ante aquella presencia, Jungkook no sabía explicar lo que sentía. Había algo extraño, incómodo... pero al mismo tiempo, irresistiblemente fascinante.
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