Jamás pensó en ella... hasta que lo hizo.
Y cuando lo hizo, fue demasiado tarde.
Nunca imaginó que su mirada se quedaría atrapada en cada gesto suyo, que cada palabra suya lo seguiría como un eco envenenado. Vereena.
Tan perfecta... demasiado perfecta.
Su cabello negro, liso como la calma antes de la tormenta, rozaba sus hombros con una precisión que parecía ensayada.
Sus ojos, de un color miel casi dorado, tenían la capacidad de iluminar o devorar.
Y esa sonrisa... Dios, esa maldita sonrisa.
Brillante. Letal.
Era como si Afrodita hubiera descendido al mundo solo para torturarlo con su belleza.
Pero él... él no era nadie.
Un nerd más, un espectador invisible.
El tipo que se escondía detrás de pantallas y fantasías pixeladas, incapaz de controlar lo que ahora lo consumía:
Una obsesión tan dulce como venenosa.
-¿Quién eres? -preguntó ella, con la cabeza ligeramente ladeada, como si observarlo fuera parte de algún juego que solo ella entendía.
Él se aclaró la garganta, torpe.
-Riley. Abel Riley.
Ella sonrió, apenas. Como si su nombre le resultara familiar... o gracioso.
-Tu cuaderno se cayó en la biblioteca -dijo, extendiéndole un pequeño bloc de notas que él ni siquiera había notado que faltaba-. Tenías garabateado algo curioso. Por cierto salgo muy bonita.
Él lo tomó, desconcertado. No recordaba haber escrito nada comprometedor... hasta que lo abrió.
La página mostraba un boceto de un rostro. El de ella.
Vereena dio un paso atrás con elegancia, sin dejar de mirarlo.
-Hasta luego, Abel -susurró con una voz que parecía saber más de lo que decía.
Relato corto.Perfecto para leer en el autobús.
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Ésta historia pertenece a Fernando Trujillo Sanz,NO ES MÍA.
Me gustó y quise compartirla con ustedes.