Oliver solo quería una vida tranquila en la universidad: estudiar, leer en silencio, y no enamorarse de nadie, gracias. Pero entonces llegó Kimi. Caótico, dulce, impredecible. El chico que huele a fruta, ríe como si el mundo fuera suyo y deja migas de galleta donde debería haber reglas. Compartir cuarto con él era un error. O quizá... el mejor accidente del universo.
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