𝕹𝖔 𝖙𝖔𝖉𝖔𝖘 𝖑𝖔𝖘 𝖉𝖗𝖆𝖌𝖔𝖓𝖊𝖘 𝖋𝖚𝖊𝖗𝖔𝖓 𝖍𝖊𝖈𝖍𝖔𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖛𝖔𝖑𝖆𝖗 𝖇𝖆𝖏𝖔 𝖊𝖑 𝖘𝖔𝖑.
𝕬𝖑𝖌𝖚𝖓𝖔𝖘 𝖓𝖆𝖈𝖎𝖊𝖗𝖔𝖓 𝖉𝖊𝖑 𝖌𝖗𝖎𝖙𝖔 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖒𝖆𝖗𝖊𝖘... 𝖞 𝖉𝖊𝖑 𝖔𝖉𝖎𝖔 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖍𝖔𝖒𝖇𝖗𝖊𝖘.
Mucho antes de que Berk tuviera jinetes, antes de que las crónicas contaran gestas de paz entre humanos y bestias, hubo uno al que nunca lograron someter.
Ni con acero, ni con fuego.
Ni con plegarias, ni con cadenas.
A ese ser, los ancianos lo llamaban con un nombre que ya nadie se atreve a repetir en voz alta.
Dicen que su cuerpo se extendía como un eclipse sobre el océano.
Dicen que no rugía: sus alas apagaban el viento.
Dicen...que recuerda.
Un día, simplemente desapareció.
Algunos creen que fue vencido.
Otros, que fue encerrado.
Pero los más viejos, los que aún tiemblan cuando la tierra se estremece sin razón, susurran lo mismo desde generaciones:
- "No está muerto. Solo espera."
Esos mismos sabios callan cuando los hombres juegan a unir reinos sin corazón,
cuando las alianzas se tejen entre hielos y codicia.
Porque dicen que todo lo sellado sin sangre verdadera...
tarde o temprano se desgarra.
Y si se desgarra...
Él abrirá los ojos.
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