Levana siempre supo que venía de un linaje de mujeres muy poderoso.
Su madre le enseñó a defenderse, a protegerse y, si algo llegaba a pasarle... a huir.
Nunca preguntó por qué -creía que todo el mundo veía las cosas como ella- hasta que un día, su primo Ron le hizo entender que no era así.
Levana veía cosas que los demás no: el amor, la traición, las verdades escondidas, incluso los sentimientos silenciados por miedo o por identidad.
Y su madre siempre le explicó por qué.
La diosa Avenara había bendecido a las mujeres de su familia con un don maravilloso:
ver el amor en su forma más pura.
Para que jamás muriera, para que siguiera siendo tan protector como peligroso.
Porque el amor no debe desearse sin entenderlo.
Debe honrarse. Debe atesorarse.
Lo que Levana no sabía -ni ella, ni sus antepasadas- era que Avenara había dejado una profecía, escrita cuando aún caminaba entre los mortales.
Una descendiente encontraría a su alma gemela mucho antes de comprender su don...
Y ese compañero no sería otro que el Niño que Vivió.
Aquel que no murió por azar ni destino, sino por el hechizo más antiguo de todos:
el sacrificio de una madre que amó más allá del miedo.