
La mañana se desgarra cuando un sueño hiriente me sacude: la imagen nítida de un muchacho expirando sobre metal frío. No es una pesadilla cualquiera; es una cicatriz invisible. Y luego, el día que volví a clases, mi cuerpo simplemente se apagó. Caí de golpe, y de ahí en adelante, la realidad se me empezó a doblar. Ahí, en ese espacio indefinible, surge él. No sé su nombre, ni de dónde viene, pero su presencia es un consuelo evidente. Entre nosotros se teje una conexión que desafía la lógica, un hilo de ternura que me ancla mientras el mundo exterior parece desvanecerse. Sin embargo, cada "despertar" es un golpe, una cruel reaparición en mi cama que me deja a la deriva, preguntándome si la caricia de su mano, la resonancia de su voz, no son más que ecos de un espejismo. Un acertijo sin resolver me persigue. ¿Qué verdad se esconde en esta bruma que envuelve mis días y mis noches? Siento que la respuesta me aguarda, gélida y definitiva, justo al final del camino donde la realidad y el misterio finalmente se crucen.Todos los derechos reservados
1 parte