En un mundo donde las ciudades brillan como islas de luz, rodeadas por un océano de pesadillas, solo los Paladines Reales se aventuran más allá de la Barrera, desafiando las sombras que acechan en la frontera de lo humano. Entre ellos, el más joven es conocido como El Ejecutor, pero no es un héroe. No porta estandartes ni inspira canciones; es un arma forjada en secreto, un instrumento de muerte revestido de acero sagrado.
Su armadura, grabada con runas que repelen lo impuro, resuena con un zumbido apenas audible, como si el metal mismo recordara las atrocidades que ha enfrentado. En su mano, una espada capaz de desgarrar la realidad, dejando tras de sí cicatrices en el tejido del mundo.
Ahora avanza hacia las ruinas de Ulbria, una ciudad que sucumbió a los krills, criaturas mutantes cuyos cuerpos retorcidos son el legado de un dios demonio caprichoso. Para él, la humanidad no es más que un espectáculo, un juego cruel diseñado para aliviar su aburrimiento eterno. Los krills, sus fieles instrumentos, no matan por hambre, sino por el placer de su amo, y sus colmillos aún guardan el recuerdo dulce y metálico de la carne humana.
Pero cuando la masacre comience, ni siquiera los Tres Pilares, aquellos que sostienen el último bastión de la humanidad, estarán a salvo. Porque lo que se avecina no es una batalla, sino una tempestad de dientes y garras, y los paladines caminan directo hacia su centro.
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