Hay familias en las que uno de los hijos, o varios, se sienten distintos. No mejores ni peores, simplemente distintos. Se sienten fuera de lugar, como visitantes en su propia casa, exiliados en su propio hogar. A veces por su sensibilidad, otras por su forma de ver el mundo. Muchas veces por causas que ni ellos mismos entienden. Y otras tantas, porque su entorno se ha encargado de hacérselo creer.
Héctor es uno de esos hijos. Marcado por el peso de una infancia en la que el amor era un arma de doble filo, creció en un hogar donde la verdad no importaba tanto como las apariencias. Sus padres eran buenos... cuando les convenía. Y cuando no, lo convertían en el antagonista de una historia que él nunca eligió protagonizar. Incluso su hermano menor, manipulado por esa misma narrativa, aprendió a mirarlo con recelo.
La libertad llegó con la adultez. Héctor huyó. Se tituló como abogado y puso kilómetros de por medio entre él y ese pasado que lo seguía como una sombra muda. Pero la distancia no siempre es olvido, y el dolor que no se nombra tiende a colarse en los sueños, en las calles, en los gestos más cotidianos.
Años más tarde, un mensaje lo llama de vuelta. No por voluntad propia, sino por una mezcla de curiosidad, cansancio y esa necesidad humana de cerrar círculos que duelen. Al regresar, no encuentra el calor de un reencuentro, sino los escombros de una historia mal enterrada. Y con ellos, la fractura de su mente. Alucinaciones, voces, repeticiones del pasado. Todo se mezcla hasta que la frontera entre realidad y delirio se vuelve bruma.
Esta es la historia de Héctor.
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