Clyde nunca supo en qué momento exacto comenzó a sentir algo más profundo por Lincoln Loud. Quizá fue después de tantas tardes compartidas en el parque, de las conversaciones nocturnas por teléfono, o simplemente de la forma en que Lincoln siempre encontraba una manera de hacerlo sentir menos solo en un mundo que no entendía del todo. Lo cierto es que aquello que había comenzado como una amistad sincera, con el tiempo se transformó en algo que Clyde no sabía cómo nombrar, algo que lo confundía y lo asustaba a partes iguales.
Lo peor -o quizás lo más doloroso- era saber que Lincoln jamás miraría hacia él del mismo modo. No porque lo rechazara o porque su amistad no fuera real, sino porque su corazón ya estaba ocupado: Lincoln estaba enamorado de Lynn, su hermana. Una ironía cruel que Clyde intentaba ignorar, aunque cada sonrisa nerviosa de Lincoln al mencionar a Lynn le doliera más de lo que podía admitir.
Y, como si el destino disfrutara del enredo, Lynn también estaba atrapada en su propio laberinto. Porque, sin que Clyde pudiera entender por qué o cuándo había sucedido, ella había empezado a mirarlo de la misma forma en que él miraba a Lincoln. Sus bromas bruscas y actitudes rudas ocultaban un cariño silencioso, un interés que se hacía evidente en esos momentos en los que Lynn buscaba cualquier excusa para estar cerca de él.
Así se había formado un triángulo imposible: Clyde amaba en silencio a Lincoln, Lincoln soñaba con Lynn, y Lynn, sin saberlo, llevaba su propio corazón marcado por Clyde.
Un círculo cerrado. Una historia donde todos deseaban a quien no debían. Y donde nadie parecía dispuesto a romper el silencio que los mantenía prisioneros.
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