El 21 de agosto de 2019 fue un día frío en Gotham.
El tipo de frío que cala en los huesos, de esos que no se curan con abrigo ni café, sino con abrazos que ya no van a llegar.
Esa noche, la Mansión Wayne estaba más silenciosa que nunca. Ni los murciélagos en la cueva se animaban a hacer ruido.
Murió Alfred Pennyworth.
El mayordomo.
El consejero,El padre que Bruce nunca se permitió reconocer.
Y con él, pareció que todo se vino abajo.
Desde entonces habían pasado más de cinco años y medio.
Cinco inviernos sin su voz diciendo "señorito" con ese tono entre cariño y fastidio.
Cinco veranos sin su té inglés a las cinco en punto.
Cinco navidades sin ese intento torpe de poner guirnaldas mientras Bruce fingía que no le importaba.
Pero la verdad era que a todos les dolía.
Incluso a Damian, aunque lo negara con esa soberbia que había heredado del propio Bruce.
Era 2025, y la Mansión seguía igual de grande, igual de fría, igual de llena de fantasmas.
Pero había algo distinto.
Desde hacía unos meses, las cartas empezaron a aparecer.
Cartas escritas con la letra impecable y redonda de Alfred.
No eran mensajes nuevos, no exactamente. Eran parte de algo más grande.
Un archivo. Una despedida escrita a lo largo de los años, como si el viejo hubiera sabido que, tarde o temprano, se iba a ir, pero no quería que el silencio lo reemplazara del todo.
-¿Otra carta? -preguntó Jason una tarde, tirado en el sillón, con los pies arriba de la mesa, un cigarrillo apagado entre los dedos.
-Sí -respondió Tim, sin levantar la vista del sobre color crema que tenía en la mano-. Apareció en el reloj del abuelo Wayne. Atrás del mecanismo.
-No jodas... -dijo Dick, acercándose con una mezcla de curiosidad y tristeza-. ¿Y dice para quién es?
Tim asintió despacio.
-Para papa.
Silencio. De esos que pesan.
Damian, que estaba sentado a unos metros, con un libro sobre estrategias de combate en el regazo, levantó apenas la mirada.
-No creo que quiera leerla.
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