Era un tiempo de cuerpos contenidos y miradas que ardían, donde el deseo se deslizaba como óleo fresco, y amar era pintar con los dedos lo que nunca se debía decir. Entre silencios y caricias prohibidas, dos mujeres se reconocieron en la sombra, como si el alma recordara lo que el mundo quiso olvidar.
-Yo puedo entrar a cada uno de tus infiernos, corazón mío -susurró Río con una media sonrisa en los labios, mientras se alejaba por el pasillo, rumbo a su salón de clases, pensándola. Esa bruja... esa bruja había logrado embrujar su negro corazón.
Detrás de ella, en el umbral de la puerta, Agatha apenas podía contener la risa y la agitación en su pecho. La voz le salió clara, burlona, pero empapada de algo más.
-¡Tú serás mi muerte, Río Vidal! -gritó, mientras se apoyaba en el marco, observándola irse.
Río no volteó, pero alzó una mano en el aire, como quien lanza una promesa callada.
Agatha se quedó allí, sonriendo sola, con el corazón a mil. Lo sabía. Sin duda... sentía muchas cosas por aquella mujer.
Todo iba bien... hasta que Hawkins volvió a romperse. Desapariciones extrañas. Criaturas en las sombras. Puertas que se abren solas. Y, por alguna razón, él siempre está ahí.
Lo que empezó con miradas de desprecio y sarcasmo mal disimulado, se convierte poco a poco en algo más complicado: silencios incómodos, rescates inesperados, y sentimientos que no tienen sentido, pero que tampoco se van.
En un pueblo donde los monstruos se esconden en las paredes y la pérdida es parte del paisaje, tal vez lo más peligroso no es lo que espera en la oscuridad...
Tal vez es enamorarse de quien menos esperabas.