Mi nombre es Isabela...
No sabía que era posible morirse en vida.
No del cuerpo, sino del alma.
Porque hay silencios que asfixian.
Hay vínculos que matan suave.
Hay relaciones que se disfrazan de amor, pero son otra cosa.
Y yo lo viví.
Fui esa mujer que justificó lo injustificable.
Que se aferró a lo que dolía por miedo a perder lo poco que tenía.
Fui la que amó más de la cuenta.
La que dio oportunidades que nadie le habría dado.
La que creía que si amaba más, oraba más, perdonaba más, algún día cambiaría todo.
Pero no cambió.
Y yo casi me pierdo intentando salvar lo insalvable.
Porque nadie te explica que el abuso también puede venir de alguien que ora.
Que la manipulación puede tener forma de versículo bíblico.
Que el maltrato emocional no siempre grita, pero sí deja eco.
Fui muchas versiones de mí.
Algunas no me reconozco.
Otras me duelen.
Pero todas me trajeron hasta aquí.
Este libro no es una historia de rencor.
Es una historia de resurrección.
Una historia donde Dios no solo me restauró: me enseñó a elegirme.
A reconocer mi valor.
A poner límites sagrados.
A decir "no más", incluso con las rodillas temblando.
Porque el amor verdadero no duele así.
Y el Dios verdadero no manipula, no controla, no hiere.
Él no se esconde detrás de promesas rotas ni de discursos culpabilizantes.
Él se mete en el barro contigo y te levanta.
No para que sigas arrastrándote, sino para que camines en dignidad.
No vengo a hablar de ellos.
Vengo a hablar de mí.
De la mujer que volvió a mirarse con ternura.
Que lloró todo lo que no había llorado.
Que se atrevió a romper el ciclo.
Y que entendió que no era el problema, pero sí tenía la solución:
irse, sanarse, volver a Dios... y volver a ella.
Hoy puedo decirlo con paz:
Ahora tengo a Dios y me tengo a mí.
Y eso... lo cambió todo.
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