Cassandra Baumkratz tenía solo 14 años, había nacido un 26 de octubre del 2000, en el seno de una de las familias más ricas de su ciudad. Esa riqueza, lejos de darle felicidad, se convirtió en la raíz de su rebeldía y sufrimiento. Su orientación sexual, algo que debería haber sido parte natural de su identidad, fue motivo de rechazo en su propio hogar.
Sus padres, incapaces de aceptar su forma de ser y de lidiar con su carácter desafiante, decidieron "corregirla". Su método fue cruel: inscribirla en uno de los colegios más estrictos, caros y autoritarios de la región. Así fue como terminó en el Instituto San Larisa, un internado de monjas conocido por su disciplina excesiva y su trato duro hacia los estudiantes.
Allí, Cassandra encontró un ambiente hostil, pero también algo inesperado: amistades con personas de distintos lugares del mundo. La nacionalidad o el idioma no eran barreras cuando todos compartían el mismo sentimiento de soledad y descontento. La mayoría de los alumnos provenían de Rusia, Ucrania o Alemania, y comunicarse entre sí era un desafío constante.
Sin embargo, la diversidad no quitaba el peligro: el internado estaba plagado de mentes atormentadas, y cada noche era una prueba de supervivencia emocional y física. Permanecer allí significaba estar alerta todo el tiempo; sobrevivir, como fuera, se convirtió en su meta principal.
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