Entre las abarrotadas calles de mi ciudad natal, en el centro de un laberinto de callejuelas del peor de sus barrios, había un hueco a un pequeño acceso a un sótano.
En sus escaleras abajo, su aura, incluso antes de entrar, estaba envuelta en olor a galletitas saladas. A través de las paredes pintadas de rosa fucsia y azul eléctrico en una creativa pintada, resonaba la voz histérica de una guitarra que conocía con cada nota furiosa directa a mi corazón.
A aquel lugar que parecía un escondite lo llamaban El Cráter 440.
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