En Norlámareth, los hombres adoraban a dioses que exigían sangre, oro y sacrificios. Pero había uno al que nadie tallaba, nadie ofrecía incienso, y nadie osaba mirar: el dios sin rostro. No hablaba, no pedía templos ni víctimas, solo una cosa que el pueblo olvidó cómo entregar: lágrimas genuinas.
Este cuento es una alegoría oscura y luminosa sobre la fe, la hipocresía y el arrepentimiento. Un relato filosófico ambientado en un mundo antiguo, donde la divinidad no se revela en el espectáculo, sino en quien sabe que callando escuchará...
No es el llanto lo que conmueve a este dios, sino la sinceridad de quien llora sin máscaras.
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