Tú... no deberías estar vivo.
La voz de Geto -o mejor dicho, Kenjaku- no fue un grito, ni una exclamación de sorpresa, sino una sentencia. Un reconocimiento seco, frío, de una imposibilidad que sin embargo acababa de materializarse frente a sus ojos.
Durante una eternidad comprimida en apenas un segundo, sus pupilas se quedaron fijas en esa figura emergiendo entre el polvo, como si esperaran que, por puro deseo, su existencia se disolviera con la siguiente exhalación. Pero no fue así. Ese hombre, ese ser, ese error, estaba allí... vivo. Respirando. Con los ojos entrecerrados, aún recuperándose de un letargo que parecía milenario.
Kenjaku retrocedió. No fue una retirada estratégica. Fue instintiva. Un paso atrás impulsado por algo más primitivo que el miedo: el recuerdo.
Y fue entonces, mientras sus sandalias golpeaban los restos de concreto astillado, que los escombros comenzaron a ceder. Las vigas se desplomaron, las paredes que resistían colapsaron al fin.
El hombre pelinegro no se movió. No esquivó. No alzó los brazos ni formó un sello.
Aceptó el derrumbe como si fuera parte de su resurrección.
Y así, su cuerpo fue engullido por la montaña de ruinas, desapareciendo una vez más... como si la tierra misma intentara enmendar el error cometido al dejarlo escapar.
Kenjaku mantuvo la mirada un segundo más, apenas lo suficiente para grabar su último parpadeo, por si acaso era realmente el último. Entonces se giró.
El plan debía continuar.
Ni siquiera miró a los otros. Mahito, Choso, Jogo, no importaban en ese instante. Lo único importante era que Satoru Gojo ya no era una amenaza, y lo que acababa de emerger debía ser ignorado... por ahora.
El falso Geto desapareció entre las sombras y el polvo, con el Gokumonkyo aún caliente entre los dedos, y una súbita e incómoda pregunta retumbando en su cabeza:
"¿Y si lo que acabamos de liberar... era peor que Gojo?"
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