Ella es fuego disfrazado de melodía. Con apenas veinte años, ya ha conquistado escenarios donde su voz ha hecho temblar multitudes. No canta: se desangra en cada verso. Su mirada es intensa, pero hay algo que no dice, algo que no deja ver. Siempre va impecable, labios rojos como advertencia, mirada delineada como si estuviera lista para una batalla que siempre gana. Sabe lo que cuesta llegar adonde está: noches sin dormir, traiciones disfrazadas de aplausos, promesas rotas con brillo en los dientes. Es fuerte, pero no invencible. Su fama la protege y a la vez la encierra. No deja entrar a nadie... hasta que él aparece.
Él no cree en el amor, ni en Dios, ni en nadie. Creció entre sombras, aprendió que la confianza se paga con sangre. Es calculador, meticuloso, y nunca repite una amenaza. Siempre va de negro, con una calma que intimida. El mundo le teme, y él lo sabe. No necesita levantar la voz: con una mirada basta. Nunca se ha enamorado. Ni lo piensa, ni lo desea. Hasta que la ve a ella.
Ambos se atraen como el veneno y la herida. Se hacen daño, pero no pueden soltarse. Él la controla sin querer. Ella lo rompe sin proponérselo. Ella le canta lo que no se atreve a decirle, él la protege como si fuera su único pecado permitido. Discuten, se alejan, se hieren, pero siempre vuelven. Ella le muestra que también tiene alma. Él le enseña que incluso el hombre más frío puede arder.
El problema es que se aman demasiado... como para estar bien.
Y se necesitan demasiado... como para alejarse.
Son su refugio y su ruina.
Y ya no hay vuelta atrás.
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