A veces, el corazón no elige al más sano, al más cuerdo, ni al más disponible. A veces, el corazón tiene pésimo gusto.
Y ese era precisamente mi caso.
Estaba enamorada -o al menos eso me repetía- de Caleb, un tipo roto, enfermo de cuerpo y alma, con más sombras que luces. De esos que duelen bonito... y a veces ni siquiera eso. Teníamos historia, sí. Lágrimas, silencios, mensajes dejados en visto y promesas que nunca se dijeron en voz alta. Yo era esa: la que se quedaba, la que rogaba, la que esperaba algo que nunca iba a llegar. Una ilusa con honores.
Pero entonces apareció Damián.
Con esa sonrisa de "sé lo que provoco", ese andar seguro que gritaba problema, y un perfume caro que me desarmaba por dentro. Un fuckboy certificado, sí, pero también un imán peligroso al que era imposible no acercarse. Me hablaba al oído como si me conociera de otra vida, y por unos minutos lograba que se me olvidara el desastre emocional que era mi presente.
El problema: él tampoco era opción.
Tenía novia. De las oficiales.
Y, aun así, ahí estaba.
Escribiéndome a escondidas, mirándome como si quisiera romper todas las reglas.
Entre uno que no me quería y otro que no podía quererme, yo estaba atrapada.
En medio de un fuego cruzado donde lo único que se quemaba... era yo.
Esta no es una historia de amor.
Es una historia de decisiones. De heridas que aún sangran.
De una chica que tuvo que elegir entre lo que quería... y lo que merecía.
Aunque ninguna de las dos cosas estuviera realmente disponible.
Me llamo Dalia.
Y esta es la historia del caos que elegí llamar "sentimientos".
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