Namgyu amaba de la misma manera a cómo los perros callejeros pelean; a mordidas, con sangre en la lengua y jirones de carne atorados entre sus colmillos, pero a la vez con ese anhelo de padecer el cariño bajo una mano extraña que se atreviera a posarse sobre su cabeza.
Subong nunca fue bueno con los perros. Solo los tolera.
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