Sunoo y Heeseung. Sus nombres siempre estuvieron entrelazados, no solo por el destino, sino por un lazo inquebrantable que muchos envidiaban. En un mundo donde el amor se sentía tan efímero y vacío, el suyo era un ancla, una promesa de eternidad a pesar de los obstáculos. Su amor era de esos que te hacían creer en los cuentos de hadas, de los que susurraban la certeza de un "felices para siempre". Y ellos lo creyeron. Con cada fibra de su ser, estuvieron convencidos de que su final ya estaba escrito, sellado con un beso bajo un cielo estrellado y promesas hechas en el calor de sus abrazos.
Pero el destino, cruel y caprichoso, a veces tiene otros planes. Porque incluso los amores más genuinos, los más fuertes, no siempre son inmunes a la tragedia. Y así fue, en un instante desgarrador, que uno de ellos lo perdió. Perdió su luz, su risa, su consuelo. Perdió su "todo". Y con ello, la certeza de ese final feliz se desvaneció, dejando solo el eco de lo que una vez fue y la dolorosa pregunta de si lo que quedaba era siquiera suficiente para seguir adelante.
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