Yamilet, con apenas 19 años, no era alguien a quien se le abriera la puerta fácilmente. Su seriedad eraconde más que frialdad: era un radar que le permitía detectar mentiras y emociones ocultas, aunque rara vez las verbalizaba. Observaba cada mínimo detalle, callando mucho más de lo que decía, porque expresar lo que sentía o señalar lo que no iba bien nunca fue sencillo para ella. Desde niña aprendió a ser independiente, a guardar sus emociones, y a refugiarse en la escritura para vaciar esa tormenta interna que la ansiedad y la depresión se encargaban de avivar. Solo había tenido una "relación", que no llegó a ser, pues ella solo quería una amistad y jamás entendió qué era estar enamorada. Pensaba que nadie podría amarla por lo que era, porque en su experiencia, la gente siempre se alejaba.
Por otro lado estaba Celeste, 20 años, más abierta pero no menos compleja. Reservada hasta que se ganaban su confianza, podía ser juguetona, distraída y empalagosa como un gatito naranja inquieto. Su inocencia, aún en construcción, no la detenía para ayudar a otros sin esperar nada a cambio. Pero su impulsividad y su dificultad para comunicar sus emociones a veces la alejaban de quienes intentaban acercarse. Su pasado estaba marcado por relaciones vacías, promesas que solo sirvieron para usarla, y un hábito silencioso de guardar sus sentimientos hasta caer en la depresión. No creía en el amor, pero sí anhelaba algo más humano: compañía.
Lo que comenzó con mensajes cortos y tímidos, se volvió largas charlas salpicadas de risas y silencios cómodos. Esa extraña familiaridad comenzó a transformar lo que ninguna de las dos había planeado: un vínculo profundo, capaz de desafiar la distancia, los secretos y las heridas que ambas llevaban dentro. Pero en ese camino, entre el amor que brotaba y el drama que amenazaba con estallar, el suspenso acechaba, recordándoles que nada es tan sencillo como parece cuando el pasado no quiere soltarlas.
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