El sol brillaba por primera vez en mucho tiempo sobre las tierras que alguna vez temieron pronunciar el nombre del rey del Inframundo. Los campos, antes marchitos, reverdecían lentamente, como si el mundo mismo despertara de una pesadilla prolongada.
Kasumi y Alastor caminaban por un sendero de piedra, rodeado de árboles jóvenes que crecían donde antes solo había cenizas. Ella llevaba un vestido blanco sencillo, sin adornos, y el cabello suelto, ya sin la presión de la batalla. Él, más relajado, con su capa recogida, parecía al fin en paz.
-¿Te acostumbrarás a este mundo? -le preguntó Kasumi, observando cómo unos niños corrían detrás de mariposas.
Alastor miró el cielo, despejado, sin grietas ni nubes negras.
-Lo estoy intentando -respondió con una pequeña sonrisa-. No pensé que viviría para ver esto.
-¿Y si el Inframundo intenta renacer?
-Si lo hace, ya no estarás sola -dijo él, mirándola con decisión.
Ambos se detuvieron frente a un árbol recién plantado. En su base, una pequeña placa de piedra decía:
"Aquí renace la esperanza. En honor a los caídos... y a los que eligieron resistir."
Kasumi se agachó y tocó la tierra. En ese instante, una mariposa blanca se posó en su dedo. Ella la observó, y sonrió.
-¿Crees que las almas que liberamos llegaron a donde debían?
-Estoy seguro de que sí -respondió Alastor-. Porque tú las guiaste hasta la luz.
Un leve viento sopló, haciendo danzar las hojas. No había necesidad de más palabras.
La guerra había terminado. La oscuridad, por fin, había sido vencida.
Pero la historia de Kasumi y Alastor... apenas comenzaba.
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