A veces, cuando la observo dormir, siento que estoy viendo un cuadro que solo yo puedo entender.
No es ella la que está allí, quieta bajo las sábanas, sino una idea, un deseo tallado en silencio desde que era un niño.
Midori no es un nombre, es un destino.
No es una persona, es la promesa rota que me hizo el mundo.
Cada línea de su cuerpo es un mapa de mis obsesiones.
Sus manos, pequeñas y frágiles, son territorios que custodio con una mezcla de miedo y reverencia.
Su piel lleva el eco de mis silencios, y sus ojos... sus ojos son espejos en los que a veces veo mi propia sombra, oscura y profunda.
No sé si la amo.
Quizás no sé amar.
Pero sé que sin ella el mundo se vuelve un vacío insípido.
Ella es mi prisión y mi salvación.
A veces creo que salvarla es encerrarla.
Que cuidarla es poseerla.
Que amarla es borrarla.
Y en esa contradicción, en ese abismo, encuentro la única verdad que me queda:
Midori es mía.
No importa el precio.
Porque a veces la devoción es un acto de violencia.
Y el amor, un silencio que grita más fuerte que cualquier palabra.
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