Nadie estaba preparado para lo que sucedió. Todo ocurrió en un parpadeo. Primero, un silencio tan denso que parecía anunciar el fin. Luego, la explosión. Una nube negra, espesa como el odio, se alzó y comenzó a devorar el cielo. La onda expansiva los lanzó como muñecos rotos, y en medio del torbellino solo se escuchaban los nombres gritados por compañeros que ya no podían verse. El eco de los gritos, llenos de dolor, se mezclaba con el crujido de los árboles arrancados de raíz y el silbido de las armas que volaban sin rumbo. El mundo shinobi estaba cayendo, y nadie sabía si quedaría algo por salvar.