Nevermore: el internado para los inadaptados, el asilo con uniforme y horario de clases. En teoría, un santuario donde lo raro era la norma y lo convencional, la verdadera aberración. En la práctica... un zoológico donde las fieras se devoraban entre ellas.
Tyler había terminado recluido en un sanatorio mental, haciendo amigos imaginarios más estables que él. Thornhill cumplía condena en una cárcel, probablemente impartiendo talleres de jardinería tóxica. Y Merlina... bueno, atrapada en un limbo emocional, ese lugar desagradable donde no hay cadáveres que diseccionar ni misterios urgentes que resolver.
Intentó distraerse: cazar asesinos en serie (de los de verdad, no los de Netflix), retocar párrafos de su novela inconclusa, torturar a Pericles con la devoción de una hermana ejemplar. Pero nada borraba de su mente a Tyler.
Estaba enamorada. Una tragedia en sí misma. Peor aún: su Romeo particular era un caso clínico de manual, con impulsos homicidas, talento para la manipulación y la clase de inestabilidad que hasta los psicólogos usan como advertencia en conferencias.
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