Elena Ashbourne hizo una súplica bajo la lluvia. Su familia moría, su fe estaba rota y ella ofreció lo único que le quedaba: su vida, su alma y su cuerpo. Alguien respondió. Azrael, el Soberano de los Pactos, no es un demonio ni un hombre. Es algo peor: antiguo, hermoso, cruel... y dueño de todo lo que Elena prometió sin entender. Él debía salvar a su familia y cobrar una deuda. No obsesionarse con ella. No protegerla. No amarla. Pero Elena nunca fue una víctima cualquiera. Desde niña, La Muerte la observó, moldeó su dolor y la convirtió en la trampa perfecta para hacer caer al único monstruo que sus hilos no podían tocar. Ahora Elena pertenece al Umbral. Azrael la reclama como suya. Y La Muerte espera verlos destruirse. Porque algunas súplicas no traen milagros. Traen dueños.
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