Volver no siempre significa empezar de cero. A veces significa aprender a quedarse. Después de la terraza, después de los zarcillos de plata, Pedro y Lola decidieron darse otra oportunidad. Sin promesas eternas. Sin juramentos imposibles. Solo con la intención de hacerlo mejor. Pero el amor no se rompe únicamente por falta de sentimientos. También se desgasta por miedo, por silencios, por todo lo que uno calla para no perder al otro. Mientras intentan construir una versión más sana de lo que fueron, nuevas presencias empiezan a cruzarse en sus vidas. No como amenazas, sino como espejos. Como posibilidades. Como recordatorios de quiénes son cuando no están juntos. Y entonces surge la verdadera pregunta: ¿Se puede amar sin perderse? ¿Se puede elegir sin cruzar los dedos?
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