Raine Holloway jamás aspiró a ser una de esas mujeres. No anhelaba el resplandor de los focos ni los aplausos de sujetos que la observaban. Pero cuando la existencia te presiona, cuando las deudas se amontonan y el único ser querido depende de un aparato para seguir viviendo, los ideales se transforman en un privilegio inalcanzable. En el club, Raine aprendió a simular indiferencia, a proyectar la ilusión perfecta de gozo sin contacto físico, a esbozar sonrisas mientras se desmoronaba por dentro. Su cuerpo era su instrumento. Su silencio, su armadura. Hasta que una noche, una tarjeta negra con un número y sin nombre subvirtió todas las normas.
Tras la puerta 227 la aguardaba Rowan Black, un hombre cuyas peticiones distaban de lo ordinario. No demandó contacto. No buscó placer inmediato. Simplemente la observó.
Y esa simple mirada fue suficiente para que Raine comenzara a enamorarse. Existía algo en él -algo dañado, amenazante, reprimido- que se asemejaba a un espejo empañado donde ella podía divisar sus propias grietas. Lo que inició como un mero servicio, se transformó en un vínculo vicioso en una conexión sombría, silenciosa, ineludible. Porque a veces, la pasión no surge del contacto, sino del abismo. Y Rowan era un precipicio ambulante. Uno del cual Raine dudaba si deseaba escapar... o arrojarse sin reservas.
Conforme los límites se difuminan y los secretos salen a la luz, Raine se verá atrapada entre el costo de su independencia y la carga de una atracción que la consume. Rowan tiene adversarios. Raine siente miedo. Ambos arrastran historias que nadie debería remover. Pero existen lazos irrompibles. Y aunque en el universo donde se compran cuerpos, el amor aparenta ser una utopía, en ocasiones, lo más turbio... puede adquirir un carácter sagrado.
Black y Sam son mejores amigos desde siempre, se han cuidado, han estado pendientes el uno con el otro hasta que los sentimientos comienzan a aflorar y se crea una emoción que antes estaba bloqueada.
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