El sol caía lento sobre los edificios del hospital, tiñendo de dorado los pasillos que tantas veces habían sentido sus pasos y los de Nayeon. Mina se detuvo un instante frente a la ventana, y por un segundo, volvió a ser aquella joven nerviosa que caminaba por la universidad, con libros en brazos y un mundo entero por descubrir.
Recordó las miradas que no se atrevió a cruzar, los silencios que guardó con miedo y el latido constante de un corazón que aprendió a callar. Cada risa compartida, cada gesto inadvertido, se convirtió en un eco que la acompañaría siempre.
Aprendió que amar no siempre significa ser correspondida, y que el tiempo nunca espera a quien duda. Pero también comprendió algo más profundo: que sentir con intensidad, incluso en el dolor, transforma el alma. Que cada suspiro, cada decisión, cada instante de valor no se pierde; deja una huella imborrable.
Mina cerró los ojos y sonrió, dejando que la brisa acariciara su rostro. Todo comenzó con un simple "hola" en la universidad, y aunque algunos caminos se cerraron, otros se abrieron, llenos de aprendizaje y memoria.
Y allí, en la quietud del atardecer, entendió que el precio de no atreverse duele, sí... pero también enseña. Y que, al final, lo más valioso no es ganar, sino sentir con todo el corazón.