La ciudad estaba dividida en territorios, cada calle marcada por violencia, grafitis y la sombra de las pandillas. Entre todas, dos nombres resonaban con fuerza: La Pandilla KS, liderada por Satoru, un joven implacable, calculador y con fama de no perdonar traiciones; y la naciente pero ruidosa Agencia de los Inservibles, dirigida por un novato tan impulsivo como ambicioso.
El destino los puso frente a frente.
Ambos líderes reclamaron el Territorio L, una zona estratégica para el negocio clandestino. Por semanas, Satoru dominó esas calles, hasta que una traición dentro de su propio círculo lo dejó expuesto. Los Inservibles aprovecharon el golpe y arrebataron lo que ahora era suyo.
Satoru, dolido y consumido por la rabia, juró guerra. Sus hombres se preparaban para arrasar con los Inservibles, pero el peso de la traición era un veneno que lo corroía. Una noche, ahogado en alcohol, caminó sin rumbo... hasta caer en manos de los JK, una tercera pandilla que lo humilló y dejó tirado en medio del territorio enemigo.
Ahí estaba él, inconsciente, herido y vulnerable. Y quien lo encontró no fue otro que Inservible, su rival directo.
La lógica dictaba acabar con él. Meses atrás, Satoru había amenazado constantemente su territorio. Tenía en sus manos la oportunidad perfecta para saldar cuentas. Pero al verlo tendido en el suelo, con la vida pendiendo de un hilo, algo dentro de Inservible se quebró.
Lo odiaba, sí.
Pero algo lo detuvo.
Con un suspiro cargado de frustración, lo levantó y lo llevó a una base secreta que ni sus propios hombres conocían. Allí lo cuidó en silencio, maldiciéndose por cada minuto que pasaba observando a su enemigo dormir.
Lo que ninguno de los dos sabía era que esa decisión marcaría el inicio de algo mucho más peligroso que una guerra de pandillas: un sentimiento que podía destruirlos o salvarlos.
Porque en la ciudad de la traición, lo único más letal que una bala...
era enamorarse del enemigo.
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