En el vasto cielo, donde las nubes se despliegan como un lienzo infinito de blanco y gris, habitaba Jay, un maestro elemental del rayo, cuya existencia se había fusionado con el poder electrizante que gobernaba y ahora vivía en perfecta armonía con las tormentas que rugían en el cielo, cada destello de luz que iluminaba las nubes era una extensión de su ser, cada trueno que retumbaba era su voz, Jay era uno con el rayo, y en ese estado de unión, había encontrado una paz que trascendía la comprensión. En un mundo aparte, Kai residía en el corazón de un volcán imponente, ubicado en una isla azotada por tormentas eléctricas constantes, como maestro elemental del fuego, su esencia se había entrelazado con las llamas que danzaban en las profundidades de la tierra, el calor abrasador y la lava fundida eran su dominio, su pasión y su vida, y en ese abrazo ardiente, Kai había descubierto una fuerza y una convicción que lo definían.
Inevitablemente, Jay y Kai se encontraron. Fue como si el universo hubiera decidido que había llegado el momento de que estos dos poderosos elementos se conocieran. El rayo y el fuego, dos fuerzas primordiales de la naturaleza, se cruzaron en un baile de energía y pasión. Y en ese instante, algo inesperado sucedió; experimentaron una sensación que ninguno de los dos podía explicar, una emoción que había estado perdida en las profundidades de sus seres desde que se fusionaron con sus respectivos poderes. Era un sentimiento que ninguno conocía, un concepto que les era ajeno, pero que resonaba profundamente en sus almas: amor. Dos dioses de elementos distintos, uno del cielo eléctrico y el otro del fuego terrestre, se habían enamorado.
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