El aire olía a lluvia y tierra quemada. Natasha se movía entre las sombras del bosque, el abrigo empapado, el cuerpo temblando como si aún sintiera el vacío de Vormir. No sabía cómo había vuelto, ni por qué. Solo sabía que no debía dejar que nadie la viera. No todavía. Encontró refugio en una vieja cabaña abandonada, con los vidrios rotos y la chimenea fría. Encendió el fuego con manos temblorosas, observando cómo las llamas devoraban la madera. "Estoy viva", murmuró, pero la frase le sonó ajena, casi cruel. Durante días se mantuvo oculta. Cazaba, dormía poco, evitaba mirar su reflejo. Pero cada noche, un mismo pensamiento regresaba: alguien debe saber que estoy aquí. Y alguien lo supo. Una tarde, cuando el cielo se tiñó de carmesí, Natasha sintió una presencia. Se giró con el arma en alto... y la vio. Wanda estaba de pie en el umbral, empapada, los ojos brillando con ese poder que parecía contener mil emociones.
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