Las luces de Tokio nunca dormían. El rugido de los motores clandestinos retumbaba en las calles vacías, donde cada curva podía ser la última. Esa noche, el dueño del asfalto era Tom Kaulitz, el narcotraficante más temido de la ciudad. No solo controlaba la droga que circulaba en los barrios más peligrosos, también dominaba el mundo de las carreras ilegales.
Al lado de él, siempre estaban sus hermanos de sangre y guerra: Bill, su mellizo, tan oscuro como enigmático; George y Gustav, sus leales amigos y cómplices.
-Acostúmbrate -susurró ella, clavándole la mirada-. No soy una de tus muñecas rotas.
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