No fue una historia planeada.
No hubo un inicio claro, ni promesas, ni declaraciones.
Solo miradas que duraban un segundo más de lo permitido, palabras que no decían lo que realmente querían decir, y silencios que se volvieron compañía.
Todo fue creciendo sin que se dieran cuenta.
No sabían cuándo pasó, pero ya se necesitaban.
Las risas, las rutinas, las conversaciones a medias... todo empezó a importar.
Y aunque nunca se dijeron lo que sentían, lo demostraban de mil maneras pequeñas.
Pero había cosas que no se hablaban.
Heridas que no se mostraban.
Dolores que se escondían tras sonrisas bien practicadas.
Y mientras uno se acercaba, otro empezaba a romperse en pedazos que nadie notaba.
Hasta que un día, sin previo aviso, uno dejó de estar.
No hubo mensaje, ni explicación.
Solo ausencia. Solo un espacio vacío donde antes había alguien que se sentía como hogar.
Y entonces todo cambió.
Porque no siempre hace falta una pelea para perder a alguien.
A veces, lo que duele... es lo que no se dijo.
Y lo que destruye... es lo que se quiso demasiado tarde.
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