El aula de Pociones estaba impregnada de un silencio tenso, como si el aire mismo contuviera la respiración. Era lunes por la mañana, y Slytherin y Gryffindor compartían espacio bajo la mirada vigilante del profesor Snape. El único sonido era el burbujeo de los calderos y el raspar de cuchillos sobre ingredientes viscosos.
Harry Potter apenas podía mantener los ojos abiertos. Su cuerpo, agotado por noches de insomnio y pesadillas que no compartía con nadie, se sentía pesado, como si estuviera hecho de plomo. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, sin notar la mirada fugaz de preocupación que Hermione le lanzó desde su lado.
Snape recorría las filas en silencio, su túnica flotando como una sombra líquida. Nadie se atrevía a hablar.
En la esquina izquierda, Callum Rosier, un Slytherin de sexto año con sonrisa burlona, vertía un polvo verdoso en su caldero. Blaise Zabini lo observó con el ceño fruncido.
-No lo hagas -murmuró, sin apartar la vista de su poción.
Callum solo sonrió.
El estallido fue repentino. Un chasquido seco, seguido de una nube espesa y brillante que envolvió a tres estudiantes de Gryffindor: Harry, Hermione y Ron.
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