Dicen que el miedo revela quién eres de verdad.
Yo sonrío cada vez que escucho eso. El miedo no revela nada nuevo... solo arranca las máscaras. Lo que la gente esconde en tiempos de calma, aparece cuando las calles se llenan de cadáveres.
Míralos.
Corren por Plaza España, por la Rambla, por esas callejuelas estrechas que huelen a pis y a fritanga. Empujan, gritan, se pisan entre ellos. Y, entre cada mordida de los muertos, aparece lo que más me gusta ver: la miseria de los vivos.
No hace falta que los zombis lleguen hasta la puerta para que se traicionen. No hace falta que el hambre les queme el estómago para que saquen cuchillos. Basta con que un rostro distinto aparezca en el refugio, y el veneno aflora.
"¡Fuera los moros!"
"¡Ellos trajeron la peste!"
"¡Los latinos primero, a la calle!"
Qué fácil es olvidar que, cuando el miedo muerde, todos sangran igual.
Yo observo.
Mis ojos están en cada esquina: supermercados atrincherados, plazas convertidas en carnicerías, estaciones de metro donde los que quedan vivos se matan por una lata caducada. Los muertos caminan, sí, pero son predecibles. La verdadera atracción está en los supervivientes: racismo como bandera, odio como refugio, violencia como idioma universal.
¿Te incomoda?
No te engañes. Si estuvieras en mi lugar, mirando desde aquí, tampoco podrías apartar la vista. La decadencia tiene un magnetismo que atrapa.
Y aun así, entre toda esa podredumbre, hay alguien que me interesa más que el resto.
Un español cualquiera, perdido entre el ruido, que todavía no sabe que está marcado. Lo llaman protagonista. Yo lo llamo pieza.
Lo seguiré de cerca. Muy de cerca.
Y si tienes paciencia, tú también lo harás conmigo.