El tiempo avanza, pero no borra todas las huellas.
Han pasado dos años desde la caída de Teru Mikami, el hombre que alguna vez fue Kami Koroshi, juez y verdugo de un mundo enfermo. Dos años desde que su corazón dejó de latir bajo la noche lluviosa, y desde que la justicia creyó, ingenuamente, que todo había terminado.
Pero los ecos de un dios nunca mueren tan fácil.
En las calles, en foros ocultos de internet, en templos improvisados levantados con velas y sangre, el nombre de Kami todavía resuena como un himno prohibido. Para algunos, fue un asesino. Para otros, un salvador. Para unos pocos, un dios. Y esos pocos no se conformaron con la memoria.
Nació un culto. Una sociedad en las sombras, tejida por víctimas, fanáticos, y mentes rotas que hallaron en Kami una promesa que el mundo jamás cumplió. Allí, la idea de un sucesor comenzó a germinar.
Mientras tanto, el mundo siguió girando.
L se encerró más que nunca en su laberinto mental, persiguiendo casos menores como si buscara distraerse de un vacío imposible de llenar.
Matsuda, marcado por la tragedia, se volvió más duro, más impulsivo, decidido a no volver a fallar.
Y Sayu Yagami, la hermana del muchacho que intentó convertirse en dios, trató de llevar una vida tranquila en medio de las ruinas de su familia.
Pero la calma era solo un espejismo.
Porque allí afuera, alguien volvía a escribir nombres.
Alguien había tomado la corona de la muerte.
Y el mundo entero estaba a punto de recordar que la justicia de Kami nunca desapareció.
El mito había renacido.
Y con él, una nueva pesadilla.