En un mundo donde las estrellas son más que simples luces en el firmamento, existe la creencia de que los ojos púrpura son un presagio de desgracia.
Salomón nació con un cabello castaño y unos ojos violetas resplandecientes, lo que hizo que su llegada fuese vista como una maldición. Sin embargo, pese a las supersticiones, sus padres lo amaron profundamente, protegiéndolo de los prejuicios del mundo.
La felicidad no duró mucho. Cuando Salomón tenía apenas siete años, sus padres fueron acusados injustamente de robo. El veredicto fue cruel e inapelable: ejecutados sin pruebas, dejando a Salomón huérfano y condenado a sobrevivir en soledad.
Con ocho años, la desesperación lo llevó a intentar robar un poco de comida. Esa misma noche, tres hombres lo atraparon y lo golpearon hasta arrebatarle la vida, arrojando su cuerpo sin piedad a un río. Parecía el final de un niño marcado por el destino... pero las estrellas tenían otros planes.
En este mundo, las estrellas poseen conciencia. Una de ellas, al descender del cielo y ver el sufrimiento de aquel niño, se conmovió. Decidió fusionarse con su alma, llevándolo a un limbo donde pasó 7.000 años en soledad, aprendiendo y transformándose. Allí, dejó de ser el pequeño abandonado para convertirse en algo más: un ser tocado por la inmensidad del cosmos.
Cuando regresó al mundo, ya no era el mismo. Su cabello ahora era blanco, sus ojos ocultos tras gafas con estrellas danzantes, y sus manos cubiertas con guantes que brillaban con destellos celestiales. Vestía un abrigo adornado con el mismo manto galáctico que lo había abrazado en el limbo.
Así nació el nuevo Salomón, quien ahora recorre el mundo no como un niño perdido, sino como alguien marcado por la tragedia, la soledad y el poder de las estrellas. Su viaje no es solo por descubrir los secretos de este mundo, sino también por redimir el pasado que lo condenó.
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