La justicia es humana, y por tanto, imperfecta. No es ciega, solo indiferente.
Es la voluntad del más fuerte.
¿Y si la justicia falla, qué queda? ¿La verdad? Subjetiva. ¿La realidad? Cruel.
Somos una especie despiadada, y la crueldad, aunque cotidiana, es necesaria para el orden.
Pero la crueldad exige arte.
Es un juego delicado. Los humanos somos curiosos, imaginativos. Mata a miles y te odiarán.
Mata a uno, y verán demonios en cada sombra.
El miedo, no el odio, engendra obediencia.
El dinero es papel, la política un teatro de sonrisas y puñaladas. Los gobernantes, hombres mortales.
Quema el dinero, desolla a los mentirosos, y cuando todo se derrumba, ¿qué queda?
Cuando los monstruos visten corbata, los héroes miran hacia otro lado, y la justicia se vuelve farsa... solo queda el miedo.
Yo no elegí la senda de la justicia. Nunca caminé bajo la luz, ni vestí licra de colores.
Me cubre la media noche, mis garras rojas por la sangre de otros como yo.
Soy el eco de un sueño que nunca fue, la memoria de los ignorados, el nombre de los oprimidos.
La curiosidad mató al gato. Yo soy más perro callejero.
Y aún así, sigo aquí, explorando este camino maldito. ¿Puede el miedo traer paz? ¿Es más fuerte la esperanza o el castigo?
En el fondo, ya sé la respuesta.
La justicia es una creación humana, perfectamente imperfecta.
Pero, otra vez, la curiosidad mata al gato.
El nacido del vacío.
El rey pálido.
El cazador de almas.
No importa cómo me llames.
Lo importante...
Es que he venido a por ti.
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