En 1916, un profesor de la Universidad Nacional de Asunción se sienta frente al papel y descubre que la memoria de su abuelo es un pozo sin fondo. Las historias que escuchó en su niñez -susurros junto al fogón, confesiones dichas con miedo bajo el cielo estrellado- resurgen con la fuerza de un conjuro. Todas apuntan hacia un mismo lugar: el pueblo de Kuruzú Domingo, perdido en la espesura paraguaya de 1850.
Allí, cada vecino arrastra su condena: los hombres temen a lo que acecha en los caminos de tierra colorada, las mujeres hablan en voz baja para que no las escuchen los muertos, los niños duermen inquietos porque los mitos se cuelan en sus sueños. Entre cruces olvidadas y lagunas que guardan más que agua, la realidad se quiebra y deja pasar lo imposible.
El profesor no escribe cuentos: desentierra heridas. Cada palabra convoca presencias, cada página late como si la sombra misma la dictara. Y mientras la tinta avanza, un eco se repite, cada vez más cercano:
En Kuruzú Domingo, ninguna memoria muere del todo, pues las historias son contadas por siempre.
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