Aquí estaba "El Nido de Lix", una cafetería dirigida por Lee Félix, un omega con una sonrisa tan cálida como el café que servía. Félix era la antítesis del gris militar; su aroma a vainilla y jazmín era un imán que atraía a estudiantes, artistas y, en ocasiones, a los serios uniformados de las bases.
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